La loca del colectivo

Era otro día cansador en la facultad, lleno de horas interminables en clases sin sentido. Es cierto eso de que la rutina mata. Cuando salí del aula ya era de noche y soplaba un viento helado. Me subí el cuello de la campera y fui hasta la parada del colectivo. Luego de quince minutos de espera, tiritando de frío, pude subirme al bendito colectivo. Por suerte conseguí un asiento junto a la ventanilla, me apoyé contra el cristal y me olvidé de todo mirando al mundo pasar como una imagen borrosa.

La noche se hacía cada vez más oscura, mientras personas y autos aparecían y desaparecían en todas direcciones. Daba la sensación de ser un espejismo o un sueño.

De repente algo me distrajo de mis divagaciones. Un grupo de personas murmuraba y se quejaba. Me enderecé para escuchar mejor que decían. Al parecer el problema era por una señora mayor sentada en el primer asiento, cerca del chofer. Tenía algo extraño, en cierta forma perturbador, no se si era por su mirada de ojos celestes, absolutamente concentrados en la nada, o por como iba vestida. Llevaba un vestido floreado de mangas cortas, poco adecuado para la estación. La cubría un desgastado chal blanco de lana sobre los hombros. Su cabello corto y blanco estaba desordenado, como si hubieran pasado años desde la ultima vez que lo peinaran y a causa del olvido había adquirido la forma del nido de algún pájaro. Se había pintado la boca de un rojo furioso con la misma prolijidad con que lo haría una niña de tres años. Y para terminar usaba sandalias, cada una de distinto par.

Ya la había visto un par de veces, solía tomar el mismo colectivo que yo para ir a la plaza que está en frente de mi casa. A veces parecía sonámbula y murmuraba cosas en voz baja.

A todo esto, la queja de la gente venía porque esta señora, sentada en el asiento izquierdo, había puesto una pequeña mochila roja en el derecho y, ante la indignación de todos, no dejaba que nadie se sentara allí. Tampoco cambió de opinión cuando una señora embarazada le pidió el asiento.

Ante la queja creciente de los pasajeros el conductor frenó y se paró para hablar con la anciana.

-Señora, tiene que sacar la mochila, no puede ocupar dos asientos.

-No puedo, está ocupado.

-Pero si solamente está el bolso.

-Hay alguien, pero ustedes no pueden verlo.

-Ah bueno- dijo el conductor poniendo los ojos en blanco. Las cosas que me tocan- murmuró mientras volvía a su asiento.

Muchos de los pasajeros comenzaron a reírse y a mirar sin disimulo a la mujer. Una chica que iba parada, le sacó una foto con el celular.

-Está loca- dijo un chico de no más de quince años y todos sus amigos se rieron a los gritos. Y enseguida comenzaron a tirarle bolitas de papel masticadas. Ganaban puntos si lograban engancharlas en el pelo.

La señora parecía no enterarse de nada. Iba inmóvil, con los ojos al frente, casi sin pestañear.

Me dio vergüenza y bronca que la trataran así, pero no me animé a decir nada.

La señora y yo nos bajamos en el mismo lugar, frente a la plaza. Las calles estaban vacías y algunas pocas luces nos alumbraban. Se escuchaba el ladrido de algún perro a lo lejos. Los árboles crujían quejándose del frío.

Metí las manos en los bolsillos y me envolví hasta la nariz con la bufanda. Me sorprendí de la mujer que caminaba tranquilamente como si no sintiera el clima o no le importara. Avanzamos en distintas direcciones. Yo iba a cruzar la plaza en diagonal y ella se fue a la zona de juegos. Mientras caminaba, la vi de reojo empujando una hamaca vacía. La visión de aquella mujer tan sola, apenas iluminada por un poste de luz, me hizo sentir mucha lástima.

-Pobre vieja- pensé.

Pero en un segundo la lástima se convirtió en un profundo escalofrío, que me paralizó por completo, cuando el viento me trajo una dulce voz de niña riendo.

-Más fuerte mamá, quiero llegar más alto.

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